


Después de lo sucedido el pasado miércoles (15-02-2012) a raíz de las protestas del IES Luis Vives, y sabiendo lo que estaba sucediendo al día siguiente, decidí, a las cuatro de la tarde, irme hacia la calle Xàtiva de València para ver con mis propios ojos lo que la gente decían en las redes sociales. Llegué allí, y me encontré con unas decenas de chavales sentados, pacíficamente - e incluso festivamente -, en la calle, lanzando escasos gritos en contra del sistema y, también, contra el gobierno valenciano por los recortes en, sobretodo, educación. Me quedé observando, un poco anonadada, al ver la cantidad de antidisturbios que había concentrados, los furgones policiales que llenaban la calle y su actitud. Empecé a dar unas vueltas, iba rodeando la calle, a los manifestantes y a los policías, intentado comprender qué de peligroso tenían aquellos jóvenes que habían salido a la calle a luchar por sus derechos. Decidí quedarme cerca de un agente, a pocos metros suyos, para ver qué pasaba. En esa parte de la acera hay una parada de metro y a unos dos metros, una parada de bus. Debido a que el tráfico en aquél tramo estaba cortado, los buses no circulaban, aunque los usuarios no habían sido informados de ello. Un señor mayor, a mi parecer, de unos 65 años, le preguntó a uno de los policías por qué no pasaban los autobuses. El agente no supo responderle, aunque si le dijo que no se le acercara, que no podía responderle, y que se marchara. Al cabo de unos minutos una señora de más o menos la misma edad andaba por la acera y tuvo que bajar de ella para seguir andando - ya que estaba la parada de autobús y no podía andar por allí - y paso cerca de otro agente, caminando por la calzada. Éste le dijo a gritos que subiera a la acera. La señora, amablemente, le preguntó por qué. El le contestó, a gritos, que era peligroso. Ella con la cara desencajada le contesto que por qué era peligroso. El agente le dijo que era peligroso, a gritos otra vez, y que se subiera a la acera. La señora, indignada, le contestó que si aquellos chavales le parecían peligrosos. El agente la empujó encima de la acera y le dijo que se marchase. Ella me miró y dijo, en voz baja, "qué cabrón". El agente emprendió a gritos que podía pedirle la identificación y detenerla por lo que había dicho. La señora se giró, lo miró, y se marchó. Yo me quedé un rato más, oteando la situación e intentando analizarla. Me di otra vuelta, para escuchar qué decían los estudiantes de la situación y, reitero, que no tenían actitud violenta. Ellos comentaban que algunos medios de comunicación habían dicho cosas que no eran ciertas sobre sus actuaciones, comentaban que si el Govern se había gastado tanto dinero en esto, pero ellos no tenían lo que necesitaban... y así estuve hasta las cinco de la tarde pasadas.
Seguí por la calle Colón. Tenía pensado coger el metro allí, pero antes entré en una tienda. Estuve unos 15 minutos y cuando salí me encontré la calle llena de furgones policiales, antidisturbios, algunos de ellos con pistolas de bolas, la calle cortada, la gente alucinada. Allí nadie sabia qué estaba pasando. La gente preguntaban, incluso a mi. Yo intentaba explicarles que los chicos del instituto llevaban unos días manifestándose, que el día anterior se habían llevado a cabo detenciones y agresiones a los estudiantes, y que hoy habían salido otra vez a la calle. Algunos me escuchaban con indiferencia, otros perplejos, otros indignados, y otros intentaban no escuchar. Yo seguí andando y los pasos me pesaban. Tenía una sensación opresora encima que no sé describir, y apunto que soy una persona curtida en lo que a manifestaciones se refiere, y muchas con un contenido de peligrosidad - a priori - muy superior a la de València. Andaba por aquella calle y no sabía qué pensar, me parecía extraño y muy agresivo. En el ambiente se palpaba el miedo y la tensión. Los antidisturbios empujaban a la gente que preguntaban, cortaban el paso, mandaban por donde caminar a gritos. Yo seguía alucinando. Por mi derecha pasaron un grupo de 15 antidisturbios corriendo para dirigirse a otro punto del centro de la ciudad. Los conductores de autobús no tenían ni idea de lo qué estaba pasando. La gente, tampoco. Me marché, tenía que coger un tren, y aun no había pasado por casa a por la maleta. Cuando bajé al metro, un amigo me llamó para preguntarme donde estaba. Le comenté que ya me marchaba y le expliqué, enfadadísima, mis impresiones. Llegué a casa y me senté en el sofá. No me podía creer lo que había acabado de vivir.
El viernes ya no estaba en València, pero lo poco que se informaba señalaba que los pocos que había el jueves, se habían multiplicado al día siguiente. Hoy es lunes, estoy en la ciudad, pero no me he podido acercar al centro. Estoy siguiendo a través de las redes sociales y los pocos medios radiofónicos que informan lo que está pasando en el centro de València. Dicen que han empezado a cargar dentro del instituto. Y yo tengo una opresión en el pecho inmensa. No tengo miedo, estoy perpleja, alucinada, desesperada y decepcionada. Espero que la sociedad, no sólo la valenciana, se dé cuenta de la situación en la que estamos inmersos. Es más, espero que se den cuenta de la situación en la que nos podemos encontrar si esto sigue así.